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El arte, en toda su variedad, nos hace humanos. Qué pobre e insignificante sería la vida humana sin la música o el dibujo. Es la sensibilidad que poseemos por la obra, no importa si de un maestro o si de un aprendiz, la que nos diferencia del resto de los animales, la que nos ilumina y nos eleva.
La historia de cada uno no tendría razón si ella no va acompasada de sonidos elaborados para el deleite de nuestro espíritu. Pocas cosas provocan, tan fácilmente, que nuestra piel se erice, se encandile, como cuando apreciamos una pintura magistral o escuchamos la música justa a nuestro oído, o al tocar una escultura o expectar el drama en el teatro o el ballet.

Tiene el arte la peculiaridad de calmar los pesares, de amanzar la locura, a pesar de que también nos lleva al éxtasis. Sólo hay que imaginar al Mozart cincoañero interpretando piezas magistrales, o a Beethoven tararear su novena. Y qué decir de la locura genial de Van Gohg o Dalí. O la placidez que nos provoca Pavarotti o a María Callas, o bailar con los pies de Nurejev.
¿Acaso se puede pasar por alto escuchar o mirar a Michael Jackson? O no invita a la reflexión inmediata “What a wonderfull word” de Lois Armstrong, o no nos saca de quicio los dedos de Michel Camilo sobre el teclado cuando interpreta “Caribe”?
Una vez, en Barcelona, caminaba al anochecer por el malecón artificial, frente al Hotel Arts, cuando pasé por el lado de una escultura griega. La mire y me dije: “casi parece que respira”, pero al acercarme quedé pasmado: era una escultura humana, que se movía teatralmente al sonido de cada moneda que caía en el plato.
Benedetti nos saca el amor desde lo más profundo de la cotidianidad; Kafka nos envía a pasos rápidos por la terrible oscuridad del ser; García Márquez denuncia nuestra condición social. Kubrick, Hitchcok, Kurosawa o Scorsese nos hacen reir, reflexionar, llorar sin remedio, nos aterran, nos conmueven, nos exitan, o simplemente nos entretienen en cada filme que apreciamos en pantallas gigante o chica.
El amor, la otra parte inherente y fundamental del ser humano, sería un sentimiento soso, aburrido si no contara con la poesía de Neruda o Storni. Nuestro país estaría incompleto sin don Pedro o don Manuel o Salomé. Y los sonidos cotidianos de nuestras calles serían ruido sin la bachata rosa de Juan Luis, el acordeón de Tatico o “Por amor” de Solano.
Hace años esperaba ansioso que apareciera Marcel Marceau en el escenario del Teatro Nacional. Y me preguntaba cómo un hombre que no emite sonido, ni escribe ni dibuja podía transmitir con tanta claridad el mensaje de paz, de libertad y fraternidad. Simple: el arte posee la cualidad de transmitir con poderosa fuerza cualquier mensaje al espectador más insensible.

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Poster del filme August Rush (fragmento)

Hace unos días llegué del trabajo tarde en la madruda. Iba con tanta hambre que me hice un grandísimo emparedado. Luego no podía irme de inmediato a la cama. Tenía que reposar el exceso que había cometido. Entonces encendí la tele y encontré recién iniciada una película muy original, “August Rush”, que me inspiró, me emocionó a tal punto que al finalizar, ya hacia las 6:30 de la mañana, no pude evitar escribir estas líneas de más arriba. No es una obra maestra ni nada cercano, pero está tan bien hecha y con un argumento tan bién estructurado, con un tema tan intenso, la música que sirve de canal para re[encontrar]se en el amor a una pareja y su hijo inimaginado.
Acá les dejo una sinopsis y datos de la cinta. Veánla y sabrán de qué les hablo.

Sinopsis
August Rush, un huérfano y prodigio musical de 11 años, es el fruto de un inesperado encuentro romántico entre un carismático joven Irlandés, cantante de rock, Louis, y una joven y sobreprotegida chelista, Lyla. Cuando el destino separa a los amantes, dejando solo a August como estela, este es ingresado en un orfanato. Inspirado por un encuentro fortuito con un trabajador social, August escapa de su orfanato hacia Nueva York, donde se involucra con un grupo de jóvenes músicos callejeros, bajo la tutela de Wizard, su peligroso y misterioso benefactor.
Cuando Lyla emprende la búsqueda de su hijo tras años de haberlo perdido, Louis debe luchar contra sus propios fantasmas e intentar de recuperar sus ganas de vivir a través de su música. Finalmente, August se ve dividido entre sus padres y su fidelidad a Wizard. Cuando logra escapar de los lazos que le atan a Wizard, se convierte en la revelación del prestigioso conservatorio musical de Julliard, donde terminará componiendo la sinfonía que dirigirá ante un público de cuarenta mil personas en Central Park, utilizando así su extraordinario talento para encontrar a los padres de los que fue separado desde su nacimiento.

Reparto: Freddie Highmore, Keri Russell, Jonathan Rhys Meyers, Terrence Howard, Robin Williams, William Sadler, Marian Seldes, Mykelti Williamson
Director: Kirsten Sheridan
Productor: Richard Lewis
Duración:        01:40:00
Año:
2007
Género: Drama
País: EE.UU.

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