En los turbulentos años 70 la Posada Cibaeña era un oasis en la autopista Duarte de entonces, pues era la principal parada donde los viajantes adquirían canquiña, raspadura, frituras, jugaban billetes y quinielas, tomaban café o té de jengibre, y compraban “la prensa“. Yo vendía allí El Caribe, El Sol y El Nacional. Pero El Nacional era el que la gente procuraba más. Es así que cuando abrió sus puertas la vecina Plaza Jacaranda, en 1978, pasé a vender allí El Nacional de ¡Ahora! y la Revista ¡Ahora!

Lejos estaba yo entonces de que un día me tocaría laborar al lado del fundador de dos de estos medios, un hombre que a pesar de mi corta edad ya admiraba. Fue en Listín Diario donde conocí de cerca al Dr. Rafael Molina Morillo, quien pasó a formar parte de ese poderoso medio con el encargo de dirigir y desarrollar el Departamento de Revistas.

El Dr. Molina no solo cumplió con éxito su meta, sino que en poco tiempo pasó a ser una figura de gran respeto allí, tomado en cuenta para las decisiones estratégicas más importantes en la empresa.

Es así que, tras el fallecimiento de Don Rafael Herrera, en 1994, fue escogido como subdirector, y luego director de Listín Diario.

Durante sus años como director de Listín, el Dr. Molina encaró la transición a la modernidad del diario, a la era digital, con tal éxito que recuerdo logró implementar el proyecto mucho antes del tiempo que se había planificado.

Él procuró que la empresa le ofreciera un almuerzo a los periodistas, con especial interés en los diseñadores y diagramadores, por el gran esfuerzo y los notables sacrificios de estos para sacar adelante el proyecto editorial DTI. Nos llevó al restaurante Maniquí, y de ese día recuerdo dos cosas: que él estaba apesandumbrado y muy triste por la desaparición del niño Llenas Aybar (al día siguiente apareció su cadáver brutalmente apuñalado), y sus palabras para agradercer y reconocer a su equipo: “Yo de esto sé poco, y sin ustedes, Listín no iba a salir adelante tan fácil con esto. A ustedes les debo que hoy celebremos, y que yo haya quedado bien con mi compromiso”.

Pero no todo fue felicidad. A finales de los años 90, creo que en 1998, el Dr. Molina reunió a toda la redacción, y comunicó una decisión suya que contaba con el apoyo del presidente de la Editora, Eduardo Pellerano Nadal, pero que disgustó a muchos periodistas: quedaba absolutamente prohibido recibir regalos de cualquier tipo y laborar en relaciones públicas en empresas e instituciones del Estado.

Esa medida era un duro golpe para quienes debían “buscársela” fuera del periódico, pues la compensación no iba a ser inmediata, ni suficiente.

Sin embargo, aunque en principio pareció dura, extrema, la medida luego sería recordada y comprendida para muchos, pues el Dr. Molina intentaba romper el hilo, a veces invisible, que afectaba el ejercicio libre y correcto de algunos de sus periodistas. Era una especie de inyección ética, que ya entonces empezaba a ser un artículo que escaseaba en el periodismo de nuestro país.

Todos esos años, desde que le conocí, en el Dr. Molina siempre vi a un hombre de recio carácter, pero de un fino trato hacia los demás. Tenía estampada una permanente sonrisa y palabras apropiadas para todos. Con un profundo sentido de justicia a la hora de encarar las diferencias, propias en cualquier conglomerado humano.

La partida del Dr. Molina, a pesar de que tuvo una activa, extendida y fructífera vida, deja un enorme vacío en el periodismo y la vida dominicanas, pues su impronta es casi imposible de superar. Sin embargo, nos queda de consuelo su gran obra, su ejemplo y la creencia de que las nuevas generaciones encuentren en su legado inspiración para hacer del periodismo un compromiso permanente con la libertad, la defensa de los derechos de todos los ciudadanos, y la búsqueda incansable de la verdad.

 

»El autor es diseñador gráfico y comunicador, ex editor de diseño de Listín Diario, HOY y creador, junto a Humberto Martínez, del primer diseño del periódico EL DIA.

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