Tía Juana, hermana de mi madre, sucumbió ayer viernes 6 de mayo ante su enfermedad y ante la ineficacia, la complicidad policial y judicial, y ante la delincuencia y la violencia que genera el narcotráfico en nuestros barrios. Había luchado desde niña contra la adversidad. Era ella otra historia más de la mujer que enfrenta sola la crianza de sus hijos, con todo lo que significa. Aún así, logró que casi todos obtuvieran títulos universitarios o técnicos. Hizo su aporte a la Patria. Tuvo siete hijas y un varón, Amaury.

Hace menos de dos años tía fue diagnosticada con la enfermedad de Alzheimer, un mal devastador y cruel. Amaury era el único de los hijos que no se había casado, y por tanto, el que aún vivía con ella. Técnico en electricidad, de vida apacible y dedicado al trabajo, reconocido como empleado ejemplar en sus 16 años laborando para la Cervecería Vegana, sentía devoción por su madre.

Con la llegada de esta enfermedad, Amaury se convirtió en el sostén único y recio de la tía Juana. Estaba pendiente de ella en todo momento, llevaba control estricto del horario de sus medicamentos, su alimentación, higiene… todo. Cuando llegaba a la casa la sacaba de su habitual depresión, característica en su condición de salud. Se transformaba en una especie de payaso con el fin de sacar una sonrisa del rostro ausente de la madre. La cargaba “a calito mé”, le hacía peinados “juveniles” y le colocaba frente al espejo. Producto talvés de los medicamenos, o de la misca dolencia, tía empezó a perder pelo, y se le podía ver preparándole ungüentos a base de canela y todo lo que escuchara que podía funcionar para restaurale la cabellera. Le mostraba los actores de las telenovelas y le preguntaba cuál era el más bonito para ella, en fin, hacía llevadera la vida y la tragedia de su madre.

Pero el pasado 28 de noviembre del año 2010 todo cambió. Cerca de las cuatro de la tarde llamó a la casa para dar indicaciones sobre las medicinas que correspondían a esa hora. Fue su última llamada. Estaba a unas cuantas cuadras del hogar, en un colmadito del Barrio San Miguel, en La Vega. Él, que no era dado a la bebida, había pedido una cerveza, probablemente para mitigar el calor o la amargura. En el momento estaban en el establecimiento dos dependientes, él y otro cliente. Llegaron tres individuos armados, le encañonaron  y un cuarto preguntó desde afuera ¡“¿cuál es?”! “Es éste”, respondió uno. Sin mediar palabras, descargó casi todo el plomo de una pistola sobre la humanidad de Amaury. Mortalmente herido, tuvo aún fuerzas suficientes para sacar su arma, una pistola, y hacer varios disparos al agresor. Le hirió entre el abdomen, sus genitales y los muslos. Amaury murió segundos después.

El asesino sobrevivió, los cómplices escaparon, la Policía ni la Justicia hicieron su trabajo. Al abandonar el hospital, al asesino, Rafael Espino Espino, le fue impuesta una medida de coersión de tres meses de prisión. Pero en ese transcurso, la Fiscalía no armó ningún caso, no recogió evidencias ni pruebas. “Si no me traen pruebas en 8 días suelto al acusado” sentenció la fiscal Yurisán Ceballos. Y como la famila no tiene los medios para recoger pruebas o testigos, y ningún ciudadano que presenciara el crimen está dispuesto a ir a dar su testimonio en un juicio, por temor a represalias, pues eso, el asesino está en las calles, bajo el auspicio del narcotráfico y la indiferencia e ineficacia de la Justicia, y él, al dispararle a la anatomía de mi primo, al asesinarle, también asesinó a mi tía, porque desde entonces, en su ausencia mental producto de un alzheimer que avanzó muy pronto, ya tía podía advertir que su hijo no estaba, podía sospechar que algo terrible debía haberle pasado a su protector y amoroso muchacho. Desmejoró tanto que uno no podía creer cómo pudo cambiar tan radicalmente su aspecto. Su rostro era el retrato vivo de la tristeza más absoluta. A momentos lloraba como si fuese una bebita enferma. Partía el corazón verla en esos episodios de tristeza infinita, cómo miraba hacia la nada, quizás buscando entre los hilos rotos de su memoria enredada, y la realidad terrible de la ausencia de su hijo, talvés el único varón que la hizo feliz.

Hoy enterraremos a tía, y con ella un poco más de la confianza que se supone uno debe tener en el sistema. Va en su ataud, pintado de gris, como el color de la descomposición social nuestra y el futuro que nos espera, un poco de mi madre, de sus hijas; se introducirá en su bóveda mortuoria un poco del miedo que despierta la delincuencia y la violencia que genera el narcotráfico, pero sobre todo, mi tía ya no volverá a sonreirle a sus nietos, sus manos ya no estarán para consolar, su vida de mujer fajadora y solidaria se apagó recibiendo como recompensa la amarga afrenta de la impunidad que se campea triunfante sobre los que no tienen ni oro ni abolengo.

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