Duermes. Duermes silenciosamente bajo el oscuro cielo, sin estrellas, de esta ciudad inhóspita. Y yo, mientras, muerdo el humo de la distancia, del olvido y la soledad; aullo, olfateo tu piel y me resisto a caer vencido ante lo inevitable.

Amanecerá y el día se mezclará entre ruidos, sudores y clamores de la gente y sus miserias. Y tú te confundirás entre la cotidianidad irascible y el vaivén de tus confusiones.

Y yo, sumergido en el desasosiego y la espera, te veré llegar, casi vencida, pero con tu risa intacta, tus manos ansiosas y tus ojos inquisidores clavados en los míos. Por un instante se dentendrá la sinfonía salvaje de ruidos citadinos, el estómago se elevará unos centímetros y la dermis cambiará de tono y textura. No habrá palabras, ni reclamos ni confesiones. Un beso leve, inmortal, reinará. Para la memoria, el resto ya no importará.

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