Duermes. Duermes silenciosamente

bajo el oscuro cielo, sin estrellas,

de esta ciudad inhóspita. Y yo, mientras,

muerdo el humo de la distancia,

del olvido y la soledad;

aúllo,

olfateo tu piel y me resisto

a caer vencido ante lo inevitable.

Amanecerá

y el día se mezclará entre ruidos,

sudores y clamores

de la gente y sus miserias.

Y tú te confundirás entre la cotidianidad irascible

y el vaivén de tus confusiones.

Y yo, sumergido en el desasosiego

y la espera,

te veré llegar, casi vencida,

pero con tu risa intacta,

tus manos ansiosas

y tus ojos inquisidores clavados en los míos.

Por un instante se detendrá

la sinfonía salvaje de ruidos citadinos,

el estómago se elevará unos centímetros

y la dermis cambiará de tono y textura.

No habrá palabras,

ni reclamos

ni confesiones.

Un beso leve, inmortal,

reinará.

Para la memoria, el resto ya no importará.

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