Para cruzar por este paso del río Masipedro, antaño era necesario hacerlo atado a una soga o montado en un caballo, a riesgo de ahogarse uno junto al animal. Hoy se puede cruzar de dos o tres saltos sobre las piedras. Apenas existe.

Este texto tiene la atrevida pretención de hacer un recorrido histórico de las últimas4 décadas del río Masipedro y el ambiente que existía en la zona, hasta llegar al desastre y casi desaparición de este importante recurso y otrora voluminoso afluente del río Yuna. Para fines de lectura lo he dividido en dos entregas. La segunda se publica en 8 días.

[Primera parte]

En 1969 mi madre llegó por segunda vez a Bonao. Yo tenía casi cinco años. La trajo mi padrastro, para mostrarle, enamorado, el paraíso. Sí, Los Arroces parecía el paraíso. Cuando llegamos a la casa de Tía Francisca, una señora gorda, de carácter fuerte pero siempre risueña y servicial, el ambiente que se respiraba era grandioso. Todo era verde y canto de insectos y pajaritos. Muchas frutas, olor a mango, buempán y leche de vaca. Mi papá (aunque no biológico, mi papá), era un hombre muy viejo en relación a mi madre, que hermoseaba los 26 años, y quería reconciliarse con ella. El hombre tuvo la genial idea de presentarle a Los Arroces y su prodigiosa flora. Vivíamos en El Nápoles, un pequeño barrio de la parte Este de La Vega, cerca del colonial Quinto Patio. El contraste era notable. El Nápoles era ruido de muchachos correteando, de martilleo en los diversos talleres de mecánica que lo bordeaban, espinas de anamú y pleitos de cueros. Los Arroces era murmullo de riachuelo, gallaretas, canto de gallos y gallinas ponedoras.

En mi memoria anida el recuerdo, fresco como la yerba de entonces, del momento de ese día en que fuimos mamá, papá y mi hermanita Juanita a visitar el río. Nos detuvimos en el ventorrillo de don Pancho, compramos galletitas Familiar, dulces jalaos, dos Pepsi Cola, un cigarro Aurora y mentas de colores. Tomamos un trillo que llevaba al río. A mitad del camino hicimos otra parada. Nos dio la bienvenida una choza en construcción, adornada con sembradíos de yuca, habas, guandules, caña negra, piñas “pandeazúcar”, tomaticos, frijoles y cilantro.

Era la sorpresa que papá nos tenía. Le dijo a mamá “este rancho lo estoy haciendo para que ustedes vengan a vivir en él, ¿qué te parece?”. Mamá titubeó, porque tenía sus dudas con papá, quien no la había tratado bien precisamente. Pero pensó en nosotros, sus hijos. El paisaje era tan tranquilo que ella estaba dispuesta a sacrificar cualquier cosa para brindarnos un espacio diferente al barrio donde vivíamos.

Arrancó papá una inmensa caña y la peló. Cortó en dulces y jugosos gajos y nos los ofreció. Caminamos por el conuco. Todo era delirio. Pero nos faltaba el plato fuerte: el río.

Retomamos el camino y llegamos a las orillas del Masipedro. Era impresionante. Sus chorreras, su color azul verdoso y las espumas de los rápidos, adornado de una hermosa arboleda, entre los que destacaban guamas, jinas, pomos, grayumbos, Juan Primero, javillas, pomos, papiros (sombrillitas) y bejucos. Todo parecía responder a un cuidadoso planeamiento paisajístico. Soplaba apacible, fresca y limpia la brisa.

Acampamos debajo de un frondoso árbol de mango, que estaba ubicado al final del camino. El frutal estaba por encima del nivel del río y desde su tronco se podía apreciar una perfecta panorámica, que se coronaba con las azules montañas de la Cordillera Central a su paso por el valle. En sus orillas crecían silvestres las hortensias, margaritas y flores de menos valor, pero no menos bellas. A la izquierda nos quedaba la finca del doctor Salvador Cosme. Pastaban las vacas, caballos y decenas de guineas y garzas acompañaban al ganado.

Debía ser como las 11:00 am. Yo quería que nos bañáramos. Me mataba la ilusión de chapucear en esas limpísimas aguas. Pero papá no lo permitió. Nos aclaró que el agua era tan fría que a pocos se les ocurría bañarse allí hasta después de las 2:00 de la tarde, pues el dolor que provocaba en los huesos de las piernas, y en los testículos no se podían soportar por mucho tiempo. Ese día no nos bañamos. Pero en cambio, nos mostró cómo saltaban en una chorrera unos extraños peces. Eran guábinas y dajaos. Me decía que habitaban entre las piedras en el espacio muerto que dejaba el agua cuando chocaba contra éstas. Su cuerpo cilíndrico era tan baboso que para poder atraparlos había que agarrar un puño de arena y aprisionarlo para lanzarlo sobre la orilla. Su carne era exquisita, con pocas espinas.

Nos mudamos allí semanas después. El viaje de La Vega a Bonao transcurrió entre la carrera feroz de los árboles a la orilla de la carretera y la ansiedad por llegar a la nueva casa. Recuerdo hasta el olor de la primera comida, un chambre con frijoles y habas tiernas recogidas del conuco, acompañado de aguacate. Nuestra choza era humilde, pero estábamos felices. No teníamos electricidad, y estaba construida de varas de madera y yaguas de palmeras.

El río se convirtió de inmediato en mi pasión. Soñaba con atrapar peces, jaibas, camarones de río y anguilas. Bañarme en sus aguas era siempre el premio gordo. Mamá no me dejaba ir solo ni acompañado de nadie que no fuera de ella misma o papá. A menudo me daban ganas inmesas de escaparme, pero la amenaza de unos “rebencazos” me hacía desistir. En realidad, mamá temía que las robustas corrientes del río me arrastrasen y me ahogase. La acompañaba en las mañanas a buscar el agua para el consumo de la casa. La de beber se podía tomar directamente del río, sin temor alguno a contaminación ni parásitos mayores. Nunca nadie en mi familia sufrió de ningún mal estomacal a causa de la ingesta de esta agua. Pronto descubrimos unos hermosos manantiales del que desde entonces siempre tomábamos el agua que se depositaría en la tinaja, la cual la mantenía fresca. En época de lluvias, el río crecía en las noches. Uno lo percibía por el ruido estruendoso que hacían las piedras que este iba arrastrando. Al día siguiente, temprano, recorríamos las orillas en busca de cuaba, leña y frutos, entre ellos naranjas, plátanos y peces atrapados entre los charcos. Era una verdadera aventura esto.

Las orillas del río eran bondadosas. En las tardecitas pasaban los hombres jóvenes a bañarse. Iban en grupitos. Muchas veces los veía cargar unos rarísimos y grandes víveres. Eran ñames que sacaban de la ribera. Otras veces recogían guayabas, guanábanas, mamones, limoncillos o mangos.

Entre los habitantes del Masipedro estaban los cangrejos de río o jaibas, camarones de río (me contaban que habían camarones de lista, pero esos nunca los vi). También habían anguilas, las cuales se pescaban en las noches con camarones como carnada. Otros peces comunes eran las tilapias y las viajacas. También en las aguas menos profundas se veían unos peces pequeñitos, a los que llamábamos “baítas”, pero esos no los atrapábamos, aunque he visto en el Chinatown, en Nueva York, que exhiben para la venta unos fardos llenos de un pez deshidratado muy parecido a estos.

En los arroyos afluentes y los sembradíos habían jicoteas, cuevas escondrijos de las jaibas que, en las noches oscuras eran atrapadas mediante la técnica del alumbrado, consistente en antorchas de varillas de cuaba que los campesinos usaban para cegar a los cangrejos y atraparlos con más facilidad. Hubo alguna vez en que llegué a ver hombres pescar con machetes. Increible, pero les daban machetazos al agua en las zonas bajas, y podían cortar peces, pues eran tan abundantes que hasta esa técnica se permitían usar.

El cielo del río era batido por gallaretas, patitos de mar, martinetes o garza negra, pájaro bobo, ruiseñores, pájaros carpinteros, colibríes, barrancolíes, ciguas palmeras y madame zagá, cuyayas, lechuzas, murciélagos, guaraguos, entre otras aves menos comunes.

Volaban insectos de colores brillantes, como las libélulas o caballitos del diablo, mariposas, abejas, avispas, chicharras, maría palitos, escarabajos y grillos que en las noches entonaban hermosas melodías.

Los montes que bordeaban al Masipedro de mi infancia eran hogar de ranas, sapos y maco-toros. También habían perros y gatos alzados. No faltaban las culebras, el hurón, el guaraguao, la cuyaya y la lechuza, animales que eran mal vistos por los campesinos, ya que se comían los huevos, los pollos y las gallinas. El maroteo estaba garantizado allí, pues estaban repletos de guayabas, las cuales habían de todos los colores y sabores, dulces o agrísimas. Mamones, mangos, cajuiles, chinolas, caimitos verdes y morados, guamas, jinas, limoncillo, narajas, guineos, cafetos y cacaos silvestres, peras criollas, entre otras que ahora no llegan a mi memoria. Algunas gentes también venían a las orillas del río en busca de hojas para hacer baños y remedios, entre ellas las ramas del cundeamor, el rompesaragüey, cabritas, anamú, cardo santo, ají tití, cambrón, guayuyo, entre otras.

En una ocasión estábamos papá y yo limpiando un nuevo espacio en la pequeña parcela para sembrar yuca. De una gran pila de piedras salían unas hojitas que, al intentar sacarlas de allí, me olió a jengibre. Pero entre esas piedras, residencia de catatas, ciempiés, culebras y lagartos no debía haber jengibre. Empecé a quitar las rocas para hallarme con el tesoro inmenso de que toda la base de la pila de piedras estaba repleta del aromátio tubérculo. ¡Repartimos jengibre a todo el vecindario!

El río era también el lugar de atracción más importate de Los Arroces. Algunos mozalbetes inflaban los tubos de neumáticos de camión y se iban río arriba, para bajar montados en ellos por los rápidos. Era emocionante hacer este recorrido. A su paso por mi sector, el Masipedro tenía varias pozas, pero habían dos esenciales, la de abajo para las mujeres y la de arriba para los hombres. Los vecinos se bañaban, lavaban la ropa y jugaban sanos juegos como “la petosa” o el “topaíto”, panqueaban (dentro del agua, se giraba a gran velocidad y se lanzaba una patada que el contrario debía equivar con destreza), lucha en el barro, clavados desde alturas considerables, llegando a hacerlos desde las ramas de los árboles. También los domingos venían familias con calderos, arroz, sazones y una botella de ron (la cual introducían entre la arena en las frías aguas), y pescaban camarones y jaibas para hacer un sabroso “locrio”.

Uno se bañaba hasta que veía ponerse las montañas blancas y a los morenos la piel se nos tornaba ceniza. Entonces el río era el paraiso.

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