Danny RiveraEn un solemne acto celebrado hace algunas semanas atrás en la Secretaría de Estado de Interior y Policía, le fue entregada a Danny Rivera la nacionalidad dominicana. Ahora es, legalmente, dominicano, aunque siempre lo ha sido, pues él ha asumido como su patria a todo el Caribe. Es un artista comprometido con la lucha por la libertad e independencia de su pueblo natal, Puerto Rico, solidario, internacionalista y una voz que ha trascendido el umbral del tiempo con su canto al amor, la patria y la sociedad. Su apego a esta tierra ha sido tal que no es raro encontrarse con él en una calle cualquiera, en los pasillos de un centro comercial confundido con la gente común, o en una carretera del país camino a descubrir, o a redescubrir un rinconcito de su ya patria adoptiva.

Cuando yo era un chico, un saco lleno de ilusiones, pregonaba periódicos en Plaza Jacaranda, en mi Bonao verdiazul. En esa plaza existía un espacio que estaba cerrado, es decir, tenía puertas de cristal para conservar el aire acondicionado. Le llamábamos “autoservicio”, aunque en realidad era un lugar reservado a los clientes que se sentaban y pedían al mozo que les sirviera algún platillo o simplemente un café. Los canillitas no podían entrar allí, pero yo era el único autorizado por Don Frank y Papolo Núñez, propietarios del negocio, a penetrar y ofrecer el periódico al cliente que así lo solicitare, aunque por lo general evitaba que esto ocurriera.
Acostumbraba yo a ver desfilar por allí a artistas y personajes de renombre nacional e internacional en esos tiempos. Así vi desfilar desde Juan Bosch y Peña Gómez (quien desde entonces hizo una costumbre detenerse allí y almorzar en el fino restaurante que aún ofrece sabrosos platos nacionales y extranjeros a sus comensales), José José, los Chicos de Puerto Rico, Menudo, Camilo Sexto, Marco Antonio Muñiz, Yuri…, así como a estrellas deportivas o actores de Hollywood.
Una de las figuras que más me impresionó fue la de Omar Torrijos, acompañado de un Peña Gómez vigoroso y saludable, entrar sonrrientes y saludando a la gente que dejó de hacer lo suyo para mirar y admirar a los distinguidos visitantes. Tiempo después leía en primera plana sobre la muerte de éste en un misterioso “accidente aéreo”, igual que había ocurrido con el presidente ecuatoriano Jaime Roldós Aguilera, quien muriera unos meses antes en circunstancias similares.
Una tarde miré al través del cristal que separaba el “autoservicio” del área central de la Plaza y vi que estaba Danny Rivera sentado alrededor de una mesita adornada con dos tazas de café humeante sobre un mantel de limpio color crema. Nuestras miradas se encontraron en algún punto y él me hizo señas para que fuera hacia él. Me alegró, no porque fuera la figura que para entonces ya era en nuestro país, sino porque por lo general ese tipo de personas te compraban el periódico y te daban una moneda de 25 centavos y te decían “déjalo así”, con lo cual terminaba ganando 17 centavos. Para entonces el periódico costaba 10 cheles y yo ganaba dos por cada ejemplar vendido.
Cuando llegué hasta el famoso personaje, quien se hacía acompañar de un hombre de avanzada edad, pero de rostro dulce e inteligente, Danny me invitó a sentarme. Le dije que no podía y le agradecí el gesto. Él insistió y me senté a su lado.
Mostraba un interés en mí como niño que yo desconocía en él. Me empezó a preguntar que si estudiaba, que qué hacía después de vender periódicos y terminamos por hablar de lectura. Para entonces era un pequeño lector de todo lo que me caía en las manos.
Me preguntó qué me gustaba leer, pero no tenía predilección por nada en particular, y le mencioné dos libros que había leído hacía poco tiempo, y eran los más importantes hasta entonces: Así se templó el acero, del ruso Nicolai Ostrovsky, y Las aventuras de Tom Sawyer, del norteamericano Marc Twain. Sorprendido, me extendió su mano, en gesto de felicitación. A seguidas me dio una tanda de consejos. “No dejes de estudiar, los niños pueden trabajar, pero estudiar es lo primero”, “estudia mucho para que puedas ayudar a tu mamita y a tu país..”, y cosas así por el estilo, para terminar diciendo “¿qué quieres que te regale?”. “No quiero nada, gracias”, le respondí. Insistió y yo también. Entonces llamó al mozo y le dijo que le pasase una gran caja de galletas Ritz y me la entregó.
No fue precisamente sus consejos ni la caja de galletas lo que quedó en mi memoria (tampoco me compró el periódico), sino la sencillez, su forma tierna de hablarme, su emoción y su casi preocupación por el futuro de un niño que lo más probable era que ni siquiera llegara a terminar la escuela.
Siempre he querido abordarle e intentar rememorar el episodio, mismo que sé él no puede recordar, pues igual escena la habrá repetido tantas veces en distintos lugares. Tenemos amigos en común y en más de una vez casi se produce el encuentro. Hace unos años lo vi sentado en el lobby del Hotel Lina e intenté saludarle, pero estaba tan ensimismado que pensé “a lo mejor está inspirado y no tengo derecho a interrumpirle”.
Pero mi admiración por él, mi respeto a ese ser revolucionario, romántico, sensible con las causas más nobles y justas de nuestros pueblos, permanece intacta. Nunca he olvidado sus consejos. Y al pasar el tiempo es grato ver a un hombre que se crece en la distancia, porque jamás ha pisoteado su compromiso, no ha necesitado arrepentirse de su accionar, no ha tenido que internarse en ningún centro a desintoxicarse de nada que no sea de su pasión por el canto y su pueblo, sus pueblos; tampoco ha tenido necesidad de refugiarse en iglesia alguna para purgar viejas culpas. Qué bueno que ahora lo tenemos como hermano ciudadano. Este testimonio es mi bienvenida a su dominicanidad. Y espero que tenga vida suficiente para honrrarnos con su presencia.

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