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El siglo pasado y lo que va de este han sido los más importantes para los derechos de la mujer, después de haber sido desconsiderada y marginada en todas las sociedades hasta entonces. No ha sido regalo de ningún sistema. Ha sido el fruto de la lucha de éstas por acceder a un estadío de igualdad como ente humano y social donde la tradición siempre fue que el hombre se abrogara el derecho de disponer sin tomar en cuenta a la mujer. Pero el camino recorrido por las mujeres para llegar a ostentar los niveles de participación que hoy tienen en gran parte del mundo está inundado de sangre y de heroísmo.
Nunca fui muy partidario de Benazir Bhutto, pues considero que la solución a los problemas de esa explosiva región no estaba en su fórmula, pero, dentro del esquema de gobierno de un presidente como Pervez Musharaf, corrupto, asesino y experto en fraudes, ella venía a ser algo así como un mal menor, amén de su convencimiento y perseverancia en lo que ella creía era lo mejor para su pueblo.
Benazir fue la primera mujer en dirigir un estado islámico, aunque sus dos intentos de gobierno devinieron en caos para Pakistán. En el primer ejercicio como Primera Ministra (1988-1990) fue destituida por acusaciones de corrupción. Electa nuevamente en 1993, en 1996 se le revocó su mandato bajo nuevas acusaciones de corrupción y violaciones a la constitución.
Marchó al exilio para regresar el pasado 18 de octubre, cuando es recibida por centenares de miles de simpatizantes que se lanzan a las calles a celebrar su esperanza de que la llegada de esta mujer traería una nueva era para el ya lastimado pueblo paquistaní. La intransigencia y el sectarismo asesino intenta arrebatarle la vida con un atentado suicida que dejó un saldo de más de 130 personas muertas y cientos de heridos y mutilados. En ese momento salió ilesa, pero la intolerancia no tomó descanso y hoy ha dado cuenta de su vida.
A Bhutto hay que reconocerle su capacidad intelectual y política, su convencimiento del proyecto político que defendía. Cualquier hombre en sus circunstancias hubiera preferido hacer campaña por TV y otros medios, pero jamás se hubiera expuesto a las multitudes, sobre todo después de la amarga experiencia de perder violentamente a su padre, Zulkifar Ali Bhutto, despuesto por un golpe de estado encabezado por el dictador Zia ul-Haq, quien lo condenó a la horca, y luego la muerte de otros miembros de la familia. Pero ella no tenía miedo. Estaba convencida de que en su lucha morir era una posibilidad tan cierta como asumir el poder, y tener miedo no era opción.
Y uno, desde este rinconcito del mundo, se estremece ante la intolerancia y el sectarismo religioso y político de países como Pakistán, la India, Líbano o cualquiera de los que forman el Oriente Medio. Paradojas de la vida, pues resulta que en todos esos países es donde se supone que la espiritualidad es más importante que respirar. Son los países donde se han originado casi todas las religiones conocidas hoy. Se reza por lo menos una vez al día, cada día, y sin embargo, el derecho a discernir no existe.
¡Cuánto desprecio por la vida humana! Qué fácil les resulta accionar el disposivo a una carga explosiva, ya sea colocada debajo del automóvil, en un carro-bomba, o en el propio cuerpo del suicida para acabar con quien piensa distinto.
Benazir Bhutto ha muerto y ahora es una mártir de una parte importante del pueblo paquistaní. Pero el ejemplo de su valor, su incensante lucha por hacer valer su pensamiento y su lugar en la sociedad serán ejemplo para millones de mujeres en el mundo, tanto el islámico, como el occidental, pues su estatura sobresale por encima de las pequeñeces y los errores que pudieron acompañar su ejercicio político.

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