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Pasaba con mi hija Camila y mi sobrina Keyla, camino a lo que queda del otrora hermoso y vivaracho río Masipedro a su paso por Los Arroces. Iba con mi camarita en mano para tomarle fotos a las niñas y para registrar el estado en que se encuentra mi añorado río. No se por qué lo hago, pero cada vez que tengo oportunidad voy a tomarle fotos al río; quizás porque le conocí cuando estaba habitado por camarones, jaibas, anguilas, viajacas, tilapias, dajaos, sagos, truchas y enmarcado en frondosos árboles como mango, caimito, pomos, guamas, naranjas y un lecho de arena y piedra vírgenes. Ahora no hay sombras. Ni peces ni crustáceos. ¡Ah yo pretencioso, casi no hay agua tampoco!

Pues bien, cuando iba con mis niñas, intentando abstraerme del paisaje contaminado por destartaladas casuchas construidas precisamente en el mismo medio de donde corrían las aguas del Masipedro antes de David, el ciclón, levanté la mirada y ésta se enfocó en una diminuta niñita que tristemente jugueteaba con un trapito en el marco de su humilde casita.

La alegría de ver el entusiasmo de Camila apurada por llegar al agua a darse el esperado chapuzón se tornó en nube oscura. Ella me miraba, con la mirada más triste que un bebé me haya dirigido alguna vez. Su madre estaba ocupada en sus quehaceres. Ella estaba sucia, con sus piecesitos en el suelo, su gripe apenas le permitía respirar por la nariz y su pelo, reseco, contrastaba con la penumbra de su “hogar”. Pero sus ojitos me miraban tristes. Camila la miró también y, con su acostumbrada sensibilidad, la saludó y me comentó bajito: –Papi, mira la niña, está triste.

Continuamos nuestro camino. El río se había mudado unos 20 metros hacia el suroeste después del paso de Noel, que precisamente arrancó varias casuchas en este sector, al que no tengo muy claro por qué le pusieron el nombre de Colombia, pero sospecho por qué. Caminamos entre las piedras y el sol abrasador de un diciembre en que hace tanto calor como en cualquier agosto. Miraba el río y lo contrastaba con el de mi memoria. Es un “cañito” ahora. Pero el agua se veía linda. Corría sin importarle nada, con su marcha presurosa para abrazar más adelante al Yuna (este río es otra historia). Pero iba sola, sin peces ni camarones, sin ojitas de berro ni de helechos, fría, pero poca.

Pero los ojitos de la niña de la pobre casita me seguían mirando. Un baño presuroso e incómodo nos hizo regresar en menos de media hora. De nuevo me hallé con la niñita. Ahora estaba sentada en medio del camino, jugando con tres priedras y el trapo que antes sostenía. Sus ojitos volvieron a mirarme. Saludé a su madre y le tomé una foto. El gesto de la bebé parecía más de un adulto preocupado que de un niño juguetón. Camila le vuelve a saludar y la niña le mira extrañada. Entonces hice un recorrido crítico por el entorno: basura, hacinamiento, moscas por doquier, desolación, pobreza extrema. Abandono. Soledad. Ahí vive o, mejor dicho, sobrevive ella y muchos otros niños.

Y en medio de situaciones como esta uno no puede evitar pensar en sus propios hijos y en lo que uno no quisiera para ellos. Se piensa en la injusticia que significa la vida que llevan miles de niños como ella en nuestro país, mientras que más de la mitad del presupuesto estatal es destinado a pagar la deuda externa, para sólo poner un ejemplo de contraste.
Entonces uno se debe preguntar ¿qué podemos hacer cada uno de nosotros mientras permanence la esperanza de que algún día esto pueda mejorar? Un aporte es apadrinar algún niño como ella. Velar porque tenga un mínimo de salud, algún calzado y vestido dignos no es gran costo. Vitaminarla, desparasitarla, un juguete, un dulce, un abrazo, no es tanto. Hablarle, enseñarle otras cosas, darle opciones, hacerle ver que este es un círculo que debe romperse en algún punto, ya sea siendo mejores estudiantes, ya sea rebelándose, rompiendo con la cultura de la pobreza. O simplemente haciendo conciencia de que eso que ella cree que es vivir no es tal cosa, sino sobrevivir.

Ahora estoy aquí, entre trabajar y escribir estas líneas, mientras sus ojitos me siguen mirando con tristeza, como si me invitaran, o más bien, como si me exigieran que hiciera algo, que no me quede como simple espectador. Y algo haré.

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