fernandocasdo.jpgVender periódicos, lustrar zapatos, vender frutas, son labores dignísimas que los muchachos pobres de nuestros barrios y campos hacen para ganar algún dinerito, cuyo valor trasciende más allá de los beneficios de la micro o marcoeconomía. Es que el muchacho, una vez ha cumplido con sus responsabilidades escolares, dedica unas horas a esta labor y con ella empieza a entender el significado de la responsabilidad, el compromiso, a planificar “su economía” y el valor del dinero. Del mismo modo, significa una experiencia gratificante, pues de algún modo les da cierta independencia paterna.

Por lo menos ese fue el significado para mí, en mis años de “canillita”, cuando vendía El Caribe, El Sol y por mucho tiempo El Nacional, allá en Plaza Jacaranda del Bonao de los ríos frondosos y las frutas silvestres. Entre las enseñanzas que aún perduran está la siguiente anécdota. Debió ocurrir por ahí cerca de 1980 que la revista ¡Ahora! trajo en portada el rostro siempre sonrriente de Fernando Casado. Esa tarde, mientras pregonaba mis productos, dentro de un vehículo estacionado estaba ese señor de la portada. Miré la foto, miré el rostro del señor, y reconfirmé el parecido. Acudí raudo al vehículo: –“¡Señor, señor, mire, es usted!”.“No, ese no soy yo”, contestó. Parecía disfrutar mi asombro y mi interés. “¡Claro que es usted, mire, hasta la manchita en la cara la tiene!”. Lo negó par de veces, pero ante mi insistencia decidió, con una sonrisa amable, comprarme la revista. Me dijo “pórtate bien y estudia mucho”. Su gesto, casi amigable y respetuoso, nunca lo olvidé.

Casi 15 años después, él realizaría en el Teatro Nacional el concierto “De Casado a Casado” a dúo con mi muy querido amigo Alexis Casado. Me tocó colaborar con el diseño del programa de mano y a Fernando Casado coordinar lo relativo al contenido de dicha publicación. Fue varias veces a mi oficina, se cambió tantas veces el contenido que él ya sentía apuros, y uno de esos días me dijo que disculpara tantas molestias, “porque encima de todo tú lo estás haciendo gratis”. Entonces le recordé el feliz encuentro en Jacaranda y le dije “imagine que usted me hubiera tratado de otro modo, ahora se la pondría en China”. Y él, sorprendido, sonrió como siempre.

Yo aprendí otra lección: no desprecies nunca a un niño, pues tu destino puede estar en sus manos.

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