¡Amayita, la chiquita… la chiquita de papá..!

¡Amayita, la chiquita… la chiquita de papá..! Cuando era muchacho me gustaba caminar en solitario por los senderos de los mon¬tes a veces frescos y otras calurosos de Los Arroces. Me servían esas caminatas para soñar, para meditar y para darle forma al futuro que anhelaba. Entre esas reflexiones y tomas de decisiones estaba la composición de mi familia. Me decía que casaría una sóla vez (¡y me he divorciado dos!), que haría todo de manera que con quien me casara fuera mi eterna compañera. Pero lo que ahora más me extraña es que a esa edad, entre los 9 y los 13 años, quería tener dos hijos, sí, DOS HIJOS (¡y tengo dos hijos y TRES HIJAS!).

No quería tener hijas. Soy hijo único en el sentido de que mi madre y mi padre biológico sólo frutificaron un hijo, yo, y luego mamá casó de nuevo, pero vinieron tres hermanas, mientras yo me quedé esperando la llegada del compañero. Quizás esa ausencia puede explicar mi preferencia temprana por hijos y no hijas. Otras veces he pensado que mirar las condiciones desventajosas en que la mujer se desenvolvía en mi entorno, las crueldades y carencias que vivían también me hacían no querer que un ser tan amado, como lo es un hijo, viviera expuesto a condiciones como esas. Pero la vida tenía otros planes. Mi primer hijo, Joan, llegó temprano. Yo aún no cumplía los veintiún años. Un bebé hermoso, sano, fuerte. Me sentí tan feliz por su llegada que ni siquiera quise inscribirme en la Universidad en ese semestre para estar todo el tiempo a su lado (vivía en Bonao, y no tenía posibilidad de venir con mis esposa y mi hijo a vivir todos a la Capital). Poco más de dos años después nació Yasmill. Era el colmo de la belleza y la dulzura. Cuando la vi por primera vez no pude evitar que lágrimas de emoción y ternura rodaran por mi flaco rostro. Lo primero que advertí fue su naricita que sobresalía de entre unos ojos maravillosamente lindos. La revisé (tenía la maña de revisar mis hijos momentos después de nacer, para comprobar que todo está según el manual, todas las piezas completas). Luego la aparté de los brazos de su madre y la abracé dulcemente. Si Joan había cambiado el rumbo de mi vida para siempre, Yasmill me cambió los motivos y razones para vivir. Fue ella la que me convirtió en más humano, la que me convenció con su existencia de que debía cuidar mi vida y preservarla para ella, porque hasta entonces era de los que arriesgaba la vida entre protestas y militancia política en la izquierda nuestra. Ella es una hija ejemplar, con una personalidad recia, pero tierna a la vez, la personita más identificada conmigo. Cuando Joan tenía seis años y Yasmill 4, llegó Ernesto. Calmado, grande, serio, dormilón… no se dejaba sentir. Tenía el carácter seco. Pero nos empeñamos en hacerle cambiar y le dimos sobredosis de amor. Recuerdo cómo mientras dormía yo le decía al oido “tú eres especial, yo te amo, yo te amo”. Imagino que mis hijos y Ana debían pensar en lo ridículo que me veía en esas lides. Pero creo que a fuerza de besos, abrazos, muchos abrazos y palabras amorosas el muchacho despertó. Y se convirtió en un experto en abrazos, y su risa ha contagiado en todos los escenarios en que le ha tocado estar. Lo creí el benjamín, que con él ya terminaba. Y bueno, aún decía: “está bien, dos varones y una hembra, no me puedo quejar”. Pasaron nueve años y vino Camila. No me lo podía creer. Fue un camino extenso y tortuoso, pero finalmente llegó, y trajo consigo una entrega especial: es el ser más sensible que, aparte de mi madre, he conocido. Es tan dulce, tan linda, poseedora de una inteligencia excepcional, una capacidad de análisis increible… Camila, sus ojitos. Camila, su amor por los animales. Camila, su preocupación por quien sufre o es débil. Camila y sus planes de ser Presidenta para que el mundo sea más justo… Ahora sí. Ya no quiero más hijos ni hijas. No hay quien me hable de eso. Tengo hijos por pipá. No es necesario más amor (¡ni más cargas para criar!), me es suficiente y me sobra con lo que tengo. Todas y todos ellas y ellos son adorables. No puedo quejarme, a no ser porque los padres y madres siempre queremos para nuestros hijos que ellos vivan con las experiencias nuestras, y por tanto, a menudo exageramos en nuestro celo porque ellos hagan lo más correcto, que se expongan casi nada y que sean mejores ciudadanos que lo que hemos podido ser nosotros. Pero otra vez la vida obvió mis pretenciones. El día 7 de noviembre de 2007 recibí en regalo a Amaya. Amaya, la negrita más hermosa, el doble de papá, la risita más linda que alguien puede recibir como regalo. Amayita, tan amada por todos, tan suave, tan quietecita. Le encanta bailar, y lo hace con tanta gracia que uno no puede dejar de sorprenderse. Ella es el cherry de mi vida, es la parte más sabrosa del plato. Cuando está conmigo todo se torna secundario. Cuando está a mi lado mi vida se va entre colmarla de atenciones y los quehaceres del hogar. No hay tiempo siquiera para ir al barbero, o simplemente cortarme las uñas. Con ella he comprendido más a las mamás, porque con ninguno de mis hijos me tocó asumir tanto la “maternidad” como lo hago con Amaya. He admirado la fortaleza física de la mujer que atiende a su bebé, el control emocional y la paciencia que demanda, la tolerancia y amor necesarios para entregarlos a un ser humano que empieza a descubrir la vida. “Amaya, Amayita, la chiquita de papá, es una niña tan hermosa, es hermosa de verdad” es la canción con la que celebramos el nuevo amanecer. Ya lo había hecho con Camila cuando le cantaba “La chiquita de papá, es hermosa de verdad, la chiquita de papá, ¡come leche y bebe pan!”, eso hasta que a los tres años me dijo que si era acaso tonto al no darme cuenta que la leche no se come y el pan no se bebe! Sorprendentemente, Amaya, a los tres años ha hecho lo mismo, me mira y se burla de mi, y luego me corrige: “¡Noooo paa, la bebe leche… come pan!”. Mi pequeña hijita al cumplir un año la miraba en su intento por hablar cuando me regalaba un “papapapapap” o aplaudir cuando algo le gustaba, sacaba toda la felicidad que a menudo uno no deja salir o la tiene abandonada en un rincón del alma. Como Camila y mis otros hijos, le gusta como cocino. Hay que ver cómo devora las papillas que le preparaba! Fue ahí que aprendió a aplaudir con cada cucharada que llevaba a la boca. Aprendió a darme los abrazos más intensos que pueden darme, y unos besos maravillosos. Me mira con curiosidad y esmerada atención cada vez que intento enseñarle algo nuevo, y tiene la capacidad de repetir voces y acciones con tanta facilidad que ya me creo poseedor de una hija que tendrá muy pocas dificultad para aprender teoría y práctica en todo lo que se proponga. Pero mis hijas no terminan con Yasmill, Camila y Amaya. Las hay hijas sanguíneas de otros hombres, pero también mis hijas por amor. Mi hija Ledsabel, extraordinaria personita que me asumió como su papi y yo a cambio la confirmé como hija el día que supo que me iba a casar con su madre; Keyla, mi sobrinita; Yohámily, Dámaris y Simone, que a pesar de la distancia con su dulzura y cariño han construido una relación de amor tan tierno como lo he hecho con las anteriores. Todas ellas conforman un pequeño ejército de mujercitas que me ha tocado como hijas, y por tanto, me han colmado de amor, cada una a su modo particular. A Yasmill, Camila y Amaya, Ledsa, Keyla, Yohámily, Dámaris y Simone les corresponde la gracia de haberme cambiado mi errada preferencia por hijos en lugar de hijas. La verdad es que hija o hijo son regalos inmerecidos, pero apreciados y venerados en lo que vale. Con ellos y ellas mi vida ha adquirido el sentido real de la existencia. Ellas y ellos me salvaron y me convirtieron al amor.

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2 comentarios

  1. Como siempre, excelente!!!

  2. Me encantó¡

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