Derecho a disentir, y a protestar

La multitudinaria marcha partió de la explanada frontal de la UASD y concluyó frente al Congreso Nacional. Mujeres de todas las edades, sobre todo pobres, asistieron a manifestar su oposición al artítuculo 30. Muchos hombres también asistimos a respaldarlas.

La multitudinaria marcha partió de la explanada frontal de la UASD y concluyó frente al Congreso Nacional. Mujeres de todas las edades, sobre todo pobres, asistieron a manifestar su oposición al artítuculo 30. Muchos hombres también asistimos a respaldarlas.

Treinta años atrás, la gente participaba más en las jornadas cívicas, ya fueran de protesta o políticas. Y lo hacían por conciencia, no por “turismo”. No más se convocaba a una marcha, un piquete o un mitin, y se llenaban las guaguas para trasladarse a cualquier punto a expresar su posición frente a tal o cual situación. En mi memoria está la primera vez que asistí a una gran jornada. Fue un mitin de la UPA (Unión Patriótica Antiimperialista). Era el primer aniversario de esa entidad política. ¡Era 1978 y yo tenía 13 años! Yo salí de Los Arroces a las 6:00 a.m. para estar a las 7:00 a.m. en el local de la UPA en Bonao, pues el temor era que no hubiera asientos libres, y decidir entre la alternativa de quedarse o viajar parado en el autobús  hasta la Capital.
Una experiencia maravillosa, pues por primera vez veía tanta gente con la que coincidía en ideas. La marcha se realizó en el Centro del Detallista, en Villa Juana,  y recuerdo que el entorno se veía nublado de gente y banderas azules con el sol naranja y un puño izquierdo, fuerte, en el centro. Ahí ví por vez primera a Roberto Santana, que ya era leyenda entre los estudiantes, al legendario Barbarín Mojica, Iván Rodríguez, Ignacio Rodríguez Chappini, y por supuesto, a su presidente, Franklin J. Franco.

A partir de este acontecimiento, participaba en todas las jornadas de protesta de Bonao: las celebradas después del ciclón David para que los damnificados fueran reubicados con dignidad; siguieron otras por motivos diversos, como la reparación de escuelas y calles dañadas por el agua y el lodo… la vía de protesta también era diversa;  ocupaciones de iglesias, piquetes frente al Ayuntamiento, enfrentamientos con la Policía, movilizaciones… a todas iba. Y en cada una de ellas, grandes cantidades de estudiantes y gente del pueblo.

Como luce el panorama actual es como si a este país le hubiera venido un virus de letargo, y la gente dejó de participar. No sé si nos dimos por vencidos o si nos frustramos. Hace años yo también dejé de participar. Pero desde hace un tiempo a esta parte me he cuestionado, pues uno vive criticando y ardiéndole la sangre frente a tantos desmanes que se suceden en nuestro país, y a pesar de que se critica mucho, la mayoría no hace nada. Todos, al parecer, esperamos que aparezca alguien que proteste por nosotros. Nos quedamos en el desahogo y ya. Cumplimos con nuestra misión personal e individual. Y el poder se siente complacido, pues podemos hablar todo lo que querramos, porque eso sí tenemos, libertad para enco-jo-narnos y decir “¡este maldito gobierno, me tiene jarto con los apagones!”, o “aquí todo el mundo se roba lo del Estado y nunca pasa nada”, y cosas así por el estilo. Pero eso no presiona al gobierno ni afecta a ningún interés del Poder establecido.

Decidí participar, volver a las calles a protestar para ser uno más que lucha por un destino más beneficioso; para dejar constancia de que no estoy de acuerdo con la forma y el rumbo que lleva este país.

Para el pasado miércoles 6 de mayo, la Coordinadora Nacional de Resistencia al Retroceso Constitucional había convocado a una marcha que partiría desde la explanada frontal de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y culminaría en el Congreso Nacional, para demandar la modificación del artículo 30, contenido en la propuesta de modificación a la Carta Magna y aprobado el pasado 21 de abril, por la Asamblea Revisora. Este artículo otorgaría a un óvulo fecundado igual derecho que a un ser humano ya nacido, lo que convertiría en delito cualquier tipo de interrupción de un embarazo, aún cuando la vida de la madre esté en riesgo, o haya sido producto de una violación o un incesto, así como la condena a una mujer que use algún método de anticoncepción.

Tengo a mi madre, hermanas, tres hijas, hijastras, compañera, sobrinas, primas, tías, amigas… y no quiero que ninguna de ellas sea presa de una ley que a todas luces restringe los derechos de la mujer. Me he sentido indignado ante los argumentos que se han expuesto para aprobar dicho artículo, y más aún cuando para ello ha predominado una posición religiosa que necesariamente no tengo que compartir. No pertenezco a ninguna religión y por lo tanto tomo o dejo lo que a mí me parece útil de cada una, pero no pueden imponerme criterios particulares, menos en una Carta Magna, que es la Ley  de leyes, el código que nos da deberes y derechos a todos y a todas.

Asistí, con mi cartel que rezaba “MIS HIJAS, MIS HERMANAS Y MI COMPAÑERA TAMBIÉN TIENEN DERECHOS. Los hombres debemos apoyar el derecho de las mujeres”. Fue multitudinaria. Hacía tiempo que no veía una manifestación tan variopinta, tan numerosa. Miraba los rostros de abuelas, de niñas y adolescentes, de mujeres del pueblo, de muchachas de clase media… Estaban también los homosexuales, las lesbianas, artistas, intelectuales y políticos, entre ellos Guillermo Moreno, Fafa Tavéraz, Iván Rodríguez, Narciso Isa Conde, Virtudes Álvarez…

Caminamos varios kilómetros hasta llegar a la explanada del edificio del Congreso Nacional, adonde nos recibió una comisión de asambleístas integrada por la diputada Minou Tavárez Mirabal, el senador Ramón de la Rosa, además de los diputados Víctor Terrero, Josefa Castillo y Martha Rodríguez, asambleístas que han mantenido una oposición pública al controversial artículo 30.

Cuando terminó la jornada reflexioné. Estaba exhausto, pero tenía una sensación de bienestar, pues cumplí con mi deber de dejar manifiesta mi posición como ciudadano, como ente de esta sociedad a quien le importan las decisiones que se toman en su nombre. Si finalmente no se logra que sea deshecho lo aprobado ya, y en la segunda lectura es reconfirmado, he dejado claro para mis mujeres que yo no apoyé eso, que manifesté mi oposición de forma militante. Lo menos que podemos hacer los hombres, en retribución a haber nacido del vientre de una mujer, es apoyar, defender y respetar los derechos de las mujeres.

Una respuesta

  1. Qué bien, Yoni! Esa es la posición de un hombre, de uno que le duele la situación de las mujeres.

    Es como lo dices: much@s dominican@s no ven interés en participar activamente en las protestas por las reivindicaciones sociales. Hemos perdido tanto la fe en nuestros gobernantes, en nuestros legisladores, en nuestras instituciones, que preferimos quedarnos en la casa, pelear de voz en cuello dentro de ella, y ya, con ese desahogo basta. Vemos tanta inmundicia en nuestro alrededor, que ya nada nos inmuta, nada nos asombra.

    Creo firmemente en el valor de las protestas organizadas. Es un mensaje a quienes nos gobiernan. Es un modo de sentir que participamos, que no estamos de brazos cruzados, como vacas pal matadero, como siempre digo.

    El sentimiento de satisfacción que nos queda después de haber hecho lo correcto por nuestros ideales y criterios es inmenso.

    Abrazos del alma.

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